Miedo

Carta · 08 de octubre de 2026

Miedo

Hace unos años escribí una carta sobre el miedo.

Por aquel entonces, La Señora estaba convencida de que los monstruos podían entrar en su habitación por la noche. Y como los monstruos tienen la desagradable costumbre de no atender a razones, su padre y yo decidimos tomar medidas.

No recuerdo muy bien cómo llegamos a semejante solución, pero él acabó apareciendo en la habitación convertido en una criatura espantosa que, en lugar de devorar niños, se dedicaba a hacerles cosquillas.

Funcionó.

De pequeños tememos a la oscuridad, a las sombras que se mueven por el pasillo, a la sospecha terrible de que alguien pueda estar escondido detrás de una puerta. Y los adultos nos sonreímos con cierta superioridad, como si nuestros temores fueran mucho más razonables.

Qué arrogancia la nuestra.

Porque crecemos, sí, pero el miedo crece con nosotros. Se vuelve más sofisticado, aprende a disimular y, lo que es peor, deja de necesitar monstruos.

Ya no hace falta imaginar que hay alguien debajo de la cama. A veces basta con que suene el teléfono a una hora rara.

Y cuando tienes un hijo aparece uno que, para mí, es especialmente difícil de soportar: el miedo a no poder hacer nada.

No hablo solamente de que le ocurra algo malo. Hablo de esa impotencia de querer proteger a alguien y descubrir que hay situaciones en las que no depende de ti. Puedes acompañar, preguntar, buscar respuestas, estar pendiente de todo… pero no puedes garantizar el resultado.

Esta semana he vuelto a pensar mucho en aquella carta.

La Señora ha estado en el hospital y yo he pasado miedo. Mucho. De ese que te mantiene despierta incluso cuando estás agotada, porque tu cabeza ha decidido ponerse a trabajar por su cuenta y no hay manera humana de hacerla callar.

Y es asombroso lo bien que funciona la imaginación cuando una está asustada. Le basta una duda diminuta para levantar una tragedia completa, con sus correspondientes complicaciones y varios finales posibles, todos espantosos, por supuesto. 

Y mientras tanto, yo estaba leyendo Betty, de Tiffany McDaniel.

Porque, claro, con la semana que llevaba, lo más sensato era meterme en una novela que me dejara todavía más hecha polvo.

Hay que reconocer que tengo un criterio estupendo para estas cosas.

Betty es una novela extraordinaria y terrible. Hubo momentos en los que sentí unas ganas tremendas de meterme en la historia. De advertir a Betty, de apartarla de ciertas personas, de decirle que no, que por ahí no, que por favor se fuera antes de que ocurriera lo que yo temía que iba a ocurrir. Quería llevármela a casa, darle algo caliente y asegurarme de que pudiera dormir una noche entera sin tener que preocuparse por nada.

Y entonces pensé en lo extraño que es todo esto.

Somos capaces de sentir miedo por personas que no existen.

No hablo del miedo de las novelas de terror, aunque reconozco que nunca he comprendido a esos personajes que oyen un ruido espantoso en el sótano y deciden bajar a investigar. ¿Pero tú qué necesidad tienes? Cierra la puerta y llama a alguien.

Hablo de otro miedo. El de encariñarte tanto con un personaje que empiezas a temer lo que pueda pasarle.

Sabes que estás leyendo una historia. Sabes que puedes cerrar el libro, levantarte y continuar con tu vida. Y, sin embargo, te importa. Muchísimo.

Y me parece extraordinario que alguien pueda conseguir eso con unas cuantas páginas. Que acabes preocupándote por una niña a la que nunca has conocido, que te enfades por las injusticias que sufre, que quieras protegerla aun sabiendo que no puedes cambiar absolutamente nada de lo que está escrito.

Porque en eso, curiosamente, la literatura se parece bastante a la vida. Puedes querer mucho a alguien, desear con todas tus fuerzas que esté bien y hacer cuanto esté en tu mano para ayudarlo.

Pero hay una parte de su historia que no puedes escribir tú.

Y eso, a veces, da un miedo espantoso.

Los libros de esta carta

Libros para perder la noción del tiempo

Esta semana he elegido libros que hablan del miedo. De los monstruos que imaginamos cuando somos pequeños y de esos otros que vamos conociendo a medida que crecemos.

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